Naciste, viviste y ahí estabas.
Tu madre feliz te tuvo en sus brazos, meciéndote y acunándote siempre. Dos años más tarde, sus brazos fueron para tu hermano. Creciste, fuiste a la escuela y diste rienda suelta a tu imaginación en las libretas escolares. Pudiste ser artista, pero empezaste a trabajar. Las chicas pasaban a tu lado y por tus brazos, pero ninguna era tu chica. Te lesionaste en una rodilla trabajando, pero seguiste adelante, a pesar de que tu rodilla nunca más volvería a ser como antes.
Tu hermano se casó y tuvo una hija. Tú seguías ahí, a su lado, haciendo tu vida. Ir a trabajar, comer en su casa, volver a trabajar, llegar a tu piso, comer, leer, dormir. Y así pasaron los años
Te jubilaste y dedicabas tus días al huerto, donde ibas con el padre de tu cuñada, ciego y viejo. Huerto, comer en casa de tu hermano, huerto, a tu piso.
Hasta que tu sobrina se casó y tuvo una hija. ¡Cómo te gustaba estar con la niña cada mediodía! Y la niña adoraba estar contigo. Le leías cuentos. Un cuento le encantaba especialmente, un cuento sobre un elefantito rosa. Se lo leíste tantas veces que se lo aprendió de memoria y hacía ver que lo leía ella, aunque aún no sabía leer. Os ibais al huerto y ella jugaba con la tierra y cuando te dabas cuenta, ya se había quitado los calcetines y estaba metida de pies en el agua. La veías feliz contigo y tú estabas muy contento de cuidarla. Había algo, una vez hubo crecido un poco, que adoraba: cuando recitabas. Te escuchaba encandilada. En un panal de rica miel, dos mil moscas acudieron y por golosas murieron, presas de patas en él. Fuiste un gran recitador. Todos te escuchaban atentamente, aunque sólo fuera por el placer de escuchar tu voz. Hablabas poco, pero hablabas bien.
Tu sobrina tuvo otra hija, pero ella siempre fue diferente, a pesar de que era tu ahijada. Ella nunca tuvo la paciencia para estar sentada y escucharte, pero la otra, la primera, siempre giraba la cabeza para escucharte cuando pronunciabas cualquier palabra.
Pero cada vez hablabas menos y la familia de tu hermano se empezó a preocupar por tu salud. Se dieron cuenta de que no era bueno de que vivieras sólo, pues tú ya no eras el mismo. Te aislaste en tú mismo, sin pronunciar palabra. Sin saber qué querías, agua o vino, y sonriendo para callar.
Decidieron que vivieras con el resto de ellos, el resto de ruinas humanas que habitan en los geriátricos, que no tienen vida porque su vida se ha perdido, ha sido tragada por la vejez y la enfermedad. Su vida, la historia de sus años, olvidada por ellos mismos, qué mayor desgracia podría haber
.
Y así te estás ahora. Un envoltorio vacío, un rostro mudo, una ruina de aquello que fuiste y que tanto amé.














